Embarcándome en un viaje que para mí se había convertido en rutina, te encontré. Eran aproximadamente las 7:30 de la mañana y yo tomaba un café en una de las salas de espera del aeropuerto de Filadelfia.
Con muchas horas por delante y poco para hacer, decidí iniciar la lectura de un libro que me habían regalado. Me incliné para sacarlo de mi morral y sentí tu presencia. Alcé la vista y tus ojos se cruzaron con los míos. Venías caminando hacía donde yo estaba. Tu mirada se grabó en mi cerebro como una foto instantánea, nunca antes había visto unos ojos de un color verde tan pastel, eran preciosos. Esbozaste una sonrisa y te di una de vuelta.
Diste dos, quizás tres pasos más y te sentaste cerca, dejando un sillón de distancia entre los dos. Con seriedad y meticulosidad, revisaste tu celular. Te observaba de reojo, tratando de no ser tan evidente, pero me daba cuenta de que tú también me mirabas.
Al cabo de unos diez o quince minutos, sacaste el cargador del celular de tu maleta. Intentaste cargar el móvil conectándolo a los enchufes que tenías en cada uno de los brazos del sillón, pero tus gestos y sonidos parecían indicar que no estaba funcionando.
Suavemente inclinaste tu cuerpo hacia el sillón que estaba en medio de los dos para probar si este servía. Antes de hacerlo me pediste permiso, no querías incomodarme. Te respondí que podías acercarte y empezamos a hablar. Sin embargo, esos enchufes tampoco funcionaron y te ofrecí los que estaban en mi lugar.
Cada vez estabas más cerca y la tensión se sentía en el aire. ¡Cómo quería que los enchufes de mi sillón sirvieran para que te quedaras juntito a mí hasta que tu celular recuperara su carga! Pero el destino es el mejor bromista y como era de esperarse, nos jugó una pasada. Para sorpresa de ambos, en las tomas de mi sillón tu móvil tampoco cargó.
Nos reímos de la increíble probabilidad de que los enchufes en los tres sillones estuvieran dañados y estuvimos de acuerdo en que quizás eran más de adorno que cualquier otra cosa. Volviste a tu puesto y vi las intenciones que tenías de sentarte en el sillón que quedaba entre los dos para acortar la distancia, pero justo en ese instante te entró una llamada.
De nuevo el destino jugaba otra carta. Contestaste y te quedaste en tu sitio original. Hablaste por un buen tiempo y yo me dediqué a leer.
Al cabo de media hora -o algo así-, te levantaste, guardaste el cargador en tu morral, el celular en tu bolsillo, me miraste y me deseaste un buen viaje. Respondí deseándote lo mismo y me quedé mirándote fijamente mientras te alejabas.
Antes de doblar en la esquina, te detuviste y volteaste a verme. Sabías que, si no te girabas en ese instante y dabas un último vistazo, no habría otra oportunidad. Y fue justo ahí, cuando nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Nos reímos, me guiñaste el ojo y te llevaste la mano al corazón. Me observaste fijamente por un par de segundos para después retomar tu camino.
Al verte desaparecer, despertó en mí un sentimiento raro. Nunca había deseado con tantas ganas tener el contacto de un desconocido. Pensé para mis adentros: ‘ojalá hubiéramos intercambiado números’.
No sé tu nombre, ni tu edad, menos tu nacionalidad. No tengo tu teléfono, tu Facebook o tu Instagram. No podré hablarte a menos que el destino quiera jugar nuevamente con nosotros y cruzar nuestros caminos. No te conozco, pero cómo me gustaría conocerte.