Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, me da leche condensada, ay qué vaca tan salada, tolón, tolón – cantaban los niños de la escuela aledaña a la finca donde Lola vivía.
Al oír la tonada, Lola no podía evitar cantar al unísono con los pequeños. Ya era una rutina: cantaban a las 10 a.m., cinco de los siete días de la semana. Su letra y su melodía estaban en sus recuerdos.
Rodeada de naturaleza, Lola anhelaba conocer a la protagonista de esta canción pues había logrado lo que ninguna vaca antes: hacer la leche más dulce del mundo.