Mire la calle
¿Cómo puede usted ser
indiferente a ese gran río
de huesos, a ese gran río
de sueños, a ese gran río
de sangre, a ese gran río?
Nicolás Guillén
Son las 4:45 a.m. Sale de su casa, camina, llega al transmilenio. Espera, mira el reloj, se sube al articulado. El trayecto de su estación a la estación de Venecia dura cuarenta y cinco minutos aproximadamente. En el bus se pregunta una y otra vez si esto es lo que realmente quiere hacer. Va mal vestida, desarreglada, lo más sencillo e improvisado posible. “No hay que ‘boletearse’ allá” –le dicen- “por eso es mejor que parezca que uno ni se ha bañado”.
Al otro lado de la ciudad, él reza, le grita a Dios, le pide que lo proteja, que no lo deje caer en la tentación, que lo ayude a seguir en el camino del “bien”. Aferrado fuertemente a la Biblia se levanta de su silla, grita una vez más: “Dios mío bendíceme hoy y siempre” y se sienta.
Ella llega a la fundación.
Diez minutos más tarde acaban el oracional, él toma su desayuno. Ella lo espera y salen de la casa. Él camina pausadamente hacia la Avenida Boyacá con calle 40 Sur, mantiene su cabeza en alto y no separa su mano derecha del morral que lleva colgado en el hombro.
Hace frío, el ambiente en la calle es hostil. El polvo se come cualquier gesto de alegría o tristeza. Él aprieta el paso, no quiere que el frío, el tiempo ni el panorama entorpezcan su camino. Ella, tan solo lo sigue, lo mira detenidamente. Nota como cambia su rostro con cada paso.
Esperan el bus. Pasan diez minutos. Quince. Veinte. Llega el bus. Van veinticinco minutos. Él se sube, ella lo sigue. Él paga su pasaje y se va a la parte trasera del bus. Ella lo sigue. Él, mira fijamente la ventana, ella lo mira fijamente a él.
Treinta minutos. Cuarenta, cuarenta y cinco. “Es por acá” –dice él-. Ella asiente y lo sigue. Él se levanta de su silla, timbra y juntos se bajan del bus. Caminan unas dos o tres cuadras, él saluda a Marthica, la señora de los tamales y siguen su camino.
Él, con un dejo de angustia en sus ojos y apretando fuertemente los labios mira detenidamente a su alrededor, reconoce el panorama, observa Abastos, respira profundo y dice: “llegamos”. Empieza a caminar, a preguntar los valores de todas aquellas cosas que están regadas en el piso como si fuera un día de compras. Camina tranquilamente cinco cuadras y repentinamente frena, voltea y dice: “Ojo, acá es lo caliente”. Ella, tan solo lo sigue.
La Calle del Cartuchito
La entrada es como la de cualquier otra calle. Lo diferente es que el panorama es gris, los zorreros con sus carretillas de trabajo abundan, los indigentes están en el suelo y muchos de los “vendedores” están acostados, inmóviles, casi muertos al pie de sus productos. A la entrada está la “vieja Rosa”, la expendedora de droga más importante del lugar, a ella se le puede pedir desde un moño de marihuana hasta pastas o drogas más especializadas y caras.
Tan solo unos pasos más adelante se encuentran todo tipo de artículos robados. Venden desde un clip hasta un televisor o un computador portátil. Claro está, no existen las garantías, las devoluciones, los reclamos o el certificado de compra. Si funciona o no, no es problema del vendedor sino del comprador. Los precios oscilan entre los $1000 y los $40.000. Lo más caro son los computadores portátiles y lo más barato es una media.
Allí no necesariamente existen los conjuntos de cosas pues no se venden los pares de zapatos, sino uno solo, todo va de acuerdo con las necesidades de la calle. Se vende también ropa interior, tops, blusas, medias, pantalones. El listado de precios por artículo para el comprador que va de “shopping” se puede apreciar dependiendo de la calidad del objeto. Los pantalones a $10.000, los tops a $2000, una media a $1000, un televisor a $20.000, entre otros.
El Cartuchito está compuesto por dos largas calles. Por allí circulan carros pero en realidad no son muchos, algunos de ellos pasan para entrar al barrio, otros para salir de él y algunos para comprar, pero no precisamente los artículos ofrecidos a la vista de todo el mundo, sino aquello que es el producto esencial de aquel mercado: la droga.
La venta de todos estos artefactos, que pueden ser catalogados como basura o como objetos inútiles, es en realidad una manera de camuflar la real situación de este lugar. No es un sitio donde se venda y se compren objetos, es una zona en la que se negocia con las almas y con las personas. Allí el principal negocio es la droga, todo tipo de adicción es válida y todo tipo de consumidor existe.
Los amigos
Él sigue avanzando y saluda a la “vieja Rosa” como a cualquier amiga. Unos pasos más adelante se encuentra con Rafa y el Negro. Se saludan. Un apretón de manos y un golpe hombro con hombro basta para ver que son compinches. Compartieron no sólo una amistad, el negro era uno de sus socios en todos los robos que hacían.
Rafa es un tipo callado, serio, tiene los ojos perdidos. Sin embargo, aún no ha probado nada de droga, está consiguiéndola. El Negro es carismático, aunque tiene secuelas en su cara que muestran su vida en la calle. Habla con él diez, quizás quince minutos. Se despide y le dice que de pronto ahora se vuelven a ver.
Continúa caminando, mira las cosas tiradas en el piso sobre unos manteles que se confunden con el color de la calle. Pregunta aquí, pregunta allá, se devuelve, continúa, para él es toda una aventura. Cuando llega a la mitad de la calle, mira a la derecha y grita: “¡Quiubo hermanito! ¿Cómo me le ha ido?”. Y aquel personaje le contesta: “¡Quiubo!”, mira rápidamente quién lo saluda y continúa en su mundo de sueños y humo.
“Esto está suave, más temprano es más caliente” dice él. Continúa caminando y con cada uno de sus pasos un saludo sale de su boca. Los conoce a casi todos. Él es uno de los personajes más conocidos en el Cartuchito, uno de los duros.
La compra
Se devolvió, preguntó a unos zorreros si tenían un moño de marihuana. “No, se nos acabó parcero. Vaya donde la vieja Rosa, ella debe tener”, le dijeron. Le preguntó a la «vieja Rosa», ella tampoco tenía. Acudió a sus antiguos compañeros de fechorías y ellos tenían los rostros trastornados, ya no eran ellos, eran otros, la droga los tenía en su poder.
“¿Tienen un moño o saben quién me lo pueda vender?” dijo él. Ellos, obnubilados – sumidos en el humo, perdidos en el momento –, lo miraron y le dijeron: “no llave, no tenemos”. Los miró y les dijo: “¿seguro que no tienen? Mire, véndame lo que tenga, todo bien”. Uno de ellos respondio: “mire hermano tengo un moño, pero déme $2000”. Le pagó.
Era un rollito de papel de cuaderno. Al desenvolverlo encontró la yerba, encontró su motor. La sintió con los dedos, la palpó, la olió, la miró. “Huele rico, huele a casa”, afirmó.
Se pedía a grandes voces:
-Que muestre las dos manos a la vez
Y esto no fue posible
Le dio el moño, ella lo guardo en su zapato. “Es mejor prevenir que lamentar y por eso no hay que tentar al diablo” le dice. Ella lo guarda y se despide de Rafa y del Negro.
-Que mientras llora, le tomen la medida de sus pasos
Y esto no fue posible
Él se despidió también de sus amigos con un apretón de manos, el golpe hombro a hombro ya no pudo ser, ellos estaban viajando y su cuerpo al igual que su mente estaba en otro lado.
-Que piense un pensamiento idéntico, en el tiempo en que un cero permanece inútil
Y esto no fue posible
Se despidió de la vieja Rosa y de todo aquel que conocía mientras se dirigía lentamente a la salida.
-Que haga una locura
Y esto no fue posible
Ella tenía el moño, lo tenía en su zapato. A medida que iban saliendo las sensaciones se confundían: adrenalina, emoción, temor, intranquilidad.
-Que entre él y otro hombre semejante a él, se interponga una muchedumbre de hombres como él
Y esto no fue posible
“Fue una buena experiencia. Ahora vamos” dijo él. Ella lo miró y asintió con su cabeza. Tomaron un bus. El silencio fue el primer invitado a la conversación. Se subió un señor pidiendo ayuda porque era epiléptico, venía del campo y no le daban trabajo por esta enfermedad. Tenía una familia que sostener y no sabía hacer nada más.
-Que le comparen consigo mismo
Y esto no fue posible
“Si tuviera plata le ayudaría mi hermano, pero por ahora le deseo de todo corazón que Dios lo bendiga y lo tenga siempre en su gloria”, dijo él. Se bajaron del bus y en la misma calle donde todo empezó, se despidieron. Él regreso a la fundación. Ella se quedó con la experiencia. Eran las 12 del mediodía, hora de almorzar.
-Que le llamen, en fin, por su nombre
Y esto no fue posible[1]
[1] Vallejo, César. Nómina de Huesos.